¡Año nuevo con nada nuevo gracias al licor!


A menudo recuerdo mi primera borrachera, esa que supuestamente me hizo vomitar, pero curiosamente no logro recordar ese momento… de hecho, sólo recuerdo las 5 primeras copas de “cachina”. Después todo parece tan turbio, tanto así que cuando quiero recordar esa “primera vez” trato de inventar (imaginar) las más fantásticas historias con el afán de inmortalizar esa etapa de mi vida.

Sobre todo recuerdo los regaños de mi madre, esa mezcla de gritos y palabras obscenas que mi vieja lanzaba con el fin hacerme volver a los caminos del bien. Yo empecé muy joven con el licor, me gustaba mucho y no había sábado que no estrenara excusa nueva para salir a la calle y para justificar dos cosas: mi tardanza (llegaba a las 7 de la mañana) y mi estado (ebrio, muy ebrio).

Mi condición se iba degradando, hasta los borrachitos de la cuadra me andaban criticando con frases como: ¡Que jodida está la juventud! ¡Yo empecé a los 20! ¡Fuera borracho! Y no era para menos, el licor estaba alterando toda mi vida. Las noches ya no eran para dormir, sino para tomar ron, coca cola y limón; los días no eran para estudiar o trabajar, sino para dormir, vomitar y seguir durmiendo. En efecto, ¡me olvide que la vida es para vivirla y no para matarla a tragos!
Felizmente mi madre nunca renunció a su propósito: hacerme un hombre de bien. Los carajazos, los jalones de orejas, las gritadas y su rostro de tristeza me hicieron reflexionar. Hoy ya no tomo, y si lo hago, no pasan de cinco vasos. Ahora ya no me amanezco, ni siquiera trato de “animarme”, ya que la sola idea de una resaca me descompone el cuerpo. Tiene que haber mucho en juego y algo que me interese bastante para animarme a tomar, como en aquellos tiempos…

Hoy, que escribo estas líneas, estoy sentado frente al computador, conversando con un par de gatos y gatas (saludos a mi amiga Fabiola) que, al igual que yo, no saldrán, a pesar de que falta pocas horas para el año nuevo. Esas cuatro personas que aparecen de “verde” en mi MSN tienen motivos muy serios para estar en línea: La primera, es una chica que desea una fiesta con chicos sumamente atractivos, que tengan “algo” de intelecto y, para acompañar, buena música, pero ninguno de estos factores existe en el lugar que vive… por eso esta aquí; la segunda, una jovencita sumamente hermosa que tuvo la mala suerte de haber tenido al peor de los “novios”, tanto es así que su familia al enterarse, la encerró en el último piso de la casa, cual bella rapumzel… por eso está aquí; el tercero y último, un enfermito aficionado al manga… por eso está aquí, y no era para menos, ya que parece muy entretenido en lo que hace.

Fin de semana en el coaster


Sabía lo que tenia que hacer, aunque la idea nunca me gustó mucho. La tarde caía y apresurado comencé a alistarme. Como siempre, mi vieja, cocinó de las mil maravillas y quejarme seria fatal, casi un pecado capital. Después de una carrera contra el tiempo, besé en la mejilla a mi madre y me despedí de cualquiera que se cruzará en mi camino. Tenia que estudiar.

Siempre era lo mismo, al cerrar la puerta, un leve suspiro y a caminar cinco cuadras hasta la avenida recién arreglada y más decente. En el trayecto miro el cielo como adivinando lo que pasaría en un día más de clase. Sabía todo lo que pasaría, pero aún así disfrutaba adivinar lo que ya parecía estar escrito. Ojalá me toque un buen carro, pensé. Llevaba veinte minutos de retraso, pero el profesor de derecho es buena gente y siempre me deja pasar a su clase. Llega un carro, medio viejo, pero veloz: Al menos no me tocó el de los enanos. En el trayecto, como siempre, pensé en leer un libro, pero casi nunca lo hacia, ya que me gustaba más disfrutar del viaje escuchando música, mirando a las personas, y encontrar tal vez a la chica que nunca pude hablar en la academia. No pasó nada y el carro comenzó a llenarse: Me tengo que parar apenas suba alguna viejecita.

Como siempre, acerté en la mayoría de cosas que predije. Las clases habían terminado por hoy. Me dirigí hacia el paradero otra vez, como todas las tardes. Sabía que esta vez no tendría tanta suerte, sabia que en esta ocasión el viejo coaster vendría lleno, me lamenté. En efecto, espere, y paso uno, seguí esperando y paso uno igual o más lleno que el anterior. Resignado, estire la mano al quinto coaster que vi. El cobrador me llamaba con la mano, y yo caminaba algo apresurado mientras me preguntaba como era posible que tantas personas entraran en algo tan pequeño. Justo cuando subía sentí que mis manos tocaban los pechos de una mujer por dos segundos, sin voltear a mirar quien era, la retiré. Sabia que debía hacerme el loco, ya que no lo hice apropósito, y si en caso me reclamará (aunque ya era un poco tarde para hacerlo) yo le diré que no fue apropósito, que el carro estaba lleno y que no fue intención mía rozarle de tal manera. Después de diez minutos me animo a girar la cabeza hacia la izquierda, y ahí estaba, una chica de piel canela, algo baja (era muy baja, por eso ella se rozó con mi mano) y de apariencia pacifica. Estaba mirándome como tratando de descubrir si lo que hice fue adrede o no. Yo, por supuesto, puse mi rostro más serio para despejar cualquier duda.

Antes de llegar al decimo quinto paradero, el carro ya estaba menos lleno, y yo podía moverme con facilidad. Ella seguía ahí, mirándome, incrédula, como preguntándose que hacia un chico enfermo como yo en este mundo. Yo sabia lo que pensaba, pero apelé a mi conciencia para seguir firme, sin titubear o mostrar una sonrisa, ya que el más mínimo gesto haría que ella confirme sus dudas. No quería ni siquiera acercarme, ya que las mujeres no tienen fama de quedarse calladas, y yo no quería pasar una injusta vergüenza. Sólo estábamos los dos parados, pero felizmente un señor le dice al cobrador que bajaba en la siguiente esquina. Ella, ya sentada, seguía mirándome tratando de culparme con la mirada por ultrajar su cuerpo de la manera más cobarde. Vamos Renatto, tu no hiciste nada, si te jode, ignórala, pensé. No había ningún asiento disponible, y yo era el único parado, pero en la parte delantera del couster divisé una elevación donde fácilmente podría sentarme si utilizaba algún papel que evitara ensuciarme el pantalón, y así lo hice. Sentado, para mi desgracia, note que la visión mejoraba para la chica que seguía mirándome, esta vez con más rabia. No podía creerlo, ya había pasado casi media hora, y ella seguía ahí, culpándome con los ojos. Saqué el mp4, lo prendí, y para poner mejor las cosas, el audífono ya no sonada. No puede ser carajo, éste audífono es de marca y no me duró. Al parecer el buen inty se apiadó de mí y la chica se bajo tres cuadras más adelante. Que alivio, murmuré.

No había mp4 y tampoco había música en el carro. Es ahí donde me puse a mirar los rostros de la gente. Los rostros cobrizos reflejaban el cansancio del trabajo, las preocupaciones del hogar o los problemas de la casa. Nadie parecía estar feliz, todos miraban hacia un punto inexistente, y solo esperaban con ansias llegar hasta su casa. La vida no trata bien a la gente en este país, dije en mi mente. Es sábado, y los rostros de estas personas – en su totalidad adultos – estaban acabados, hartos de trabajar hasta romperse el lomo. Mientras trataba de entrar en los pensamientos de aquellas personas, una señora de aspecto triste mira el bolso que lleva entre sus manos lleno de ropa que, seguramente, será para sus hijos. Una sonrisa inesperada alumbra su rostro al mirar que al menos tiene algo que ofrecer a sus hijos.

El escenario cambió radicalmente cuando el carro pasó por el centro comercial. Muchas jóvenes con ropas ceñidas al cuerpo mostraban una sonrisa que parecía revitalizarme. La alegría era desbordante y la música de la discoteca podía oírse en la calle. Los autos brillosos llevan dentro cajas de cerveza, ron y algo de vino. Los chicos andan en grupo intentado, quizás, encontrar compañía femenina. Todos aparentaban alegría. Era fin de semana, y este día se caracteriza por ocultar muy bien los problemas de la gente.

Ángeles en los cerros de Lima

Se me está haciendo costumbre subir a los cerros de Lima. Lo que comenzó como un estudio “sociológico” terminó como una pasión por investigar la realidad de nuestro país. Pero muy al margen de la pobreza, la alegría y la humildad que caracteriza a estos asentamientos humanos, se puede observar – constantemente – belleza. Si, eso, belleza. No se si contrasta, no se si acompaña; lo que si se es que la belleza de las mujeres de estos lugares tiene algo de lo que carecen las glamorosas jovencitas de los barrios cómodos y refinados de Lima.

Tal vez esté pecando de insolente o de saca conclusiones si un fundamento científico. Es verdad, solamente tengo a mis ojos como testigos de esto que yo considero una verdad irrefutable. No obstante, se me ocurrió una frase:

"No es lo mismo ver a una mujer bella entre ropas fijas y lujosos lugares que una muchacha igualmente bella, pero acompañada de coraje y humildad”.
Justo ahora, mientras observo los diarios colgados en el kiosko, puedo mirar a una linda chica limpiando la vereda de su casa, mientras corre presurosa a vigilar que el arroz no se le queme. ¿Hará ella el almuerzo? Es lo más probable…

Aún recuerdo a la chica… era igual de hermosa (como en la foto), pero el lugar era mucho más humilde. Alguien que conozca Lima en su total dimensión podrá dar fe de lo que digo.

Sobre la belleza asiática...


Generalmente la belleza asiática no me llama la atención. Tal vez sea por una mala experiencia con una chica peruana de ascendencia china, en extremo conservadora. Debe ser eso, porque cuando veo alguna chica de apariencia oriental, no suele despertarme mayor interés. Claro que esto cambia o se opaca a medida que conoces a la persona (cualidades, intelecto, valores, etc)

Lo raro en mi es que cuando veo el físico de las mujeres (así estén desnudas) no me nace ningún deseo libidinoso o sicalíptico; todo lo contrario, sólo me causa admiración, admiración que es grabada automáticamente en mi memoria. Lo que más me complace es mirar, como si de un cuadro se tratara.

Las mujeres asiáticas se distinguen, a mi parecer, por las siguientes características: De estatura media – baja; conservadoras y serias; rostro en extremo inocente; delgadas, muy delgadas, etc.

No obstante, navegando por internet, observo un video que muestra las fotos de una chica vietnamita llamada Elly Kim Hong (Elly Tran Ha). Esta chica tiene un blog, pero este blog – según dicen – no es popular por sus escritos, sino por sus fotos publicadas. Bueno, pero esta no es la clásica chica oriental, sino una mujer que nació para ser modelo.

Si solo miran el rostro podrán notar la inocencia a la que me refiero. Y si la miran completa notarán que su popularidad está justificada por su figura en conjunto; es decir, sinceramente no creo que ella habría podido alcanzar tal impacto en la red tan sólo colgando fotos de su rostro.

Hasta donde tengo entendido, esta chica se prepara para ser cantante (pop, si no mal recuerdo). Sin duda tiene el físico que requiere el mercado, pero el talento es algo mucho más difícil de conseguir.

Ahora sé que tengo que buscar algún diario vietnamita para “ojear” sus noticias.

Un video que no se cansarán de apreciar:



Sobre mi

lalalalalla